Centro histórico. Domingo con pista de hielo

Publicado: diciembre 3, 2007 en Noticias

Con motivo de ver la exposición de las piñatas del primer concurso de piñatas mexicanas, organizado por el Museo de Arte Popular, nos lanzamos al Centro Histórico de la ciudad de México este domingo.

Yo esperaba encontrar gente, sobre todo con esto de la pista de hielo (tema que abordaré más adelante), pero nunca tanta!. Y es que durante todo diciembre, importantes calles del centro, como 20 de noviembre o 5 de febrero, estarán cerradas a la circulación vehicular y eso hace un tráfico de locos. Amén de toda la cantidad de gente que se lanzó para ser testigos de la pista de hielo más grande del mundo.

Total, llegamos por Luis Moya y dejamos el auto en un hotel que tiene Estacionamiento Público como a dos cuadras de la Alameda Central. De ahí tomamos caminando Avenida Juárez con dirección al Zócalo. Y ya desde ahí es toda una experiencia para aquél que no comúnmente osa caminar por ahí. Turibuses con animadores para las familias que visitan la Alameda se detienen a bailar y entretener a los visitantes; un grupo de break-dancers ha dispuesto en la amplia acera (casi libre de ambulantes) su slipmat para hacer toda clase de acrobacias, que no hacen nada mal y disfrutan muchísimo; toreros se instalan con sus puestos portátiles vendiendo calcetines, libros y software pirata… en fin, una fiesta visual.

Conforme se acerca uno a Eje Central Lázaro Cárdenas comienza a escasear el espacio. Los toreros se han apoderado nuevamente de importantes territorios ante la ausencia cómplice de la policía y el tráfico se agolpa al estar cerrada la calle de 5 de febrero. Una vez pasado ese punto, se puede caminar por el aroyo vehicular, entre un mar de gente de todo tipo.

Un mimo distrae su rutina al ver pasar a unos punks de aspecto hiper-agresivo, pero que va haciendo bromas entre ellos. Las gorditas con top y licra caminan como si la ropa de moda fuera hecha específicamente para ellas, sin ningún tipo de culpa por mostrar los excesos de carne salir por su ajustado pantalón. Parejas de novios caminan, ambos con las manos dispuestas en las bolsas traseras de los pantalones de su amado (incluso alguno abusa al llevar una camiseta con “Melisa Te Amo”). Destilan amor sin inhibiciones.

A medida que se aproxima el Zócalo, pueden ya verse numerosas estructuras, mucho más sofisticadas que las usadas cuando “el peje” hace uso de la plaza que es de todos para decir su inapelable opinión. Al llegar a la plancha del centro histórico pueden verse infinidad de policías. Algunos detienen a interrogan a un par de jóvenes con pinta de malandrines, pero que en realidad van esparciendo “la palabra de Dios” y hablan con un todo sereno, asi como si estuvieran a media pacheca.

Luego, un señor delgado, en sus 60s imita aquella técnica de regalar abrazos y sonrisas “ABRAZOS Y SONRISAS GRATIS” reza su cartel y las recibe a montones. No se ve poser ni wannabe, se ve auténtico y por ello tiene tanto éxito. Es una cálidad bienvenida mientras, a unos metros, tres adolescentes “juegan” a patearse unas a otras. “A ver, dejen de andar haciendo desfiguros y vayan a darle un abrazo al señor” les dice la madre de una de ellas. Sin más, obedecen.

Un estricto policía, con un uniforme que le queda grande como por cuatro tallas, organiza la entrada y salida a los stands y a la pista de hielo. A lo lejos pueden verse gradas abarrotadas de curiosos  que esperan impacientemente la caída de alguno de los inexpertos patinadores. Abajo, unas sucias botargas que pretenden ser los reyes magos y los personajes de la película Madagascar ofrecen tarjetas de presentación “para que en su próximo evento infantil cuenten con nuestra presencia”, dicen incesantemente el “animador”. Ni pensarlo.

Nos vamos, no hay forma de ver de cerca la pista sin hacer horas de fila, además de que ningún policía sabe dónde queda nada. Avanzamos hacia las calles que hasta hace poco estaban repletas de estridentes ambulantes que gritan “todo de a 10, llévelo, todo de a 10”. Hoy los gritos se siguen escuchando, aunque con menos intensidad, las calles se han semilimpiado de ambulantes y es posible recorrer algunas calles.

Las ofertas se hacen irresistibles y terminamos comprando algunas cosas para navidad. ya para esa hora tengo hambre, y pensar en regresar caminando no se antoja nada. Al final lo tomamos con humor y camino con mi mujer (nosotros sin las manos en las bolsas) hasta donde habíamos dejado el auto.

La mala: olvidamos la cámara. Habrá que regresar cuando haya menos gente, aunque probablemente nos perdamos todo el glamour, a los brak-dancers, a las parejitas y a los punks.

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