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Se divulgó por redes sociales con el #Vibramexico. La convocatoria tenía sentido: un rechazo total a la actitud que el hombrecillo naranja ha tenido hacia nuestro país y hacia nosotros mismos desde su candidatura y ahora desde la presidencia de Estados Unidos, nuestro vecino y principal socio comercial.

Al principio dudé en asistir. No había marchado desde aquella vez en la que Alejandro Martí, tras el secuestro y asesinato de su hijo, provocó la marcha por la Paz, aquella de la que también se rieron y por la cual nos llamaron “pirrurris”.

Mi hijo, de 12 años, tampoco quería ir. Me dijo que qué caso tenía marchar, lo dijo en serio. Su mamá y yo le explicamos que si bien los resultados de una marcha pueden no ser inmediatos, a lo largo de la historia ha habido manifestaciones que, al ser multitudinarias, han generado cambios importantes en la humanidad. Asistió excéptico a su primer encuentro con una manifestación.

Comencé a leer críticas fuertes a la marcha y a quienes marchamos, pues supueestamente al hacerlo estábamos “apoyando al presidente Peña Nieto”, o que la marcha había sido convocada por las élites empresariales, por quienes han sido tachados de enemigos del pueblo, como el “malévolo” Claudio X. Gonzálezo el “despiadado” Enrique Krauze. La marcha no era suya, entonces no valdría absolutamente de nada.

Aún así me animé a ir. Quería, recordando aquella multitudinaria marcha por la Paz, que diego viera la unidad de los Mexicanos, que parece que antes podría darse. Quería que vibrara como yo al ver a todos vestidos de blanco, enarbolando una causa justa y generando amor por México. No fue así.

Llegamos puntuales a las 12 al metro Auditorio y la marcha ya estaba iniciando. Imaginamos que demoraría un poco, pero justo alcanzamos a entrar en lo que pienso que era la mitad del contingente. Compré una bandera de México, aunque había de “Fuera Trump” y de “Fuera Peña”, que curiosamente era la más vendida.

Caminamos entre consignas débiles, entre quienes no saben marchar, porque prácticamente nunca lo hacen, pues no tienen un padrino, un líder sindical o alguien que los coordine, que diseñe adecuadamente las frases legendarias que sólo se acomodan al villano en cuestión. Sabíamos que marchábamos por México, pero fuera de ahí, no había mucho más.

Como aquella vez se notaba una marcada presencia de la clase media y media alta. Los niños y niñas bien, los güeritos. Parecía que de ahí varios se irían a los toros o a comer a algún restaurante de Polanco, Roma o Condesa. De acuerdo con lo que leí en redes sociales, eso está mal. El clasemediero no puede marchar, no podemos marchar porque no formamos parte del “pueblo bueno”, porque si marchamos es que nos convocó “Televisa”, porque fuimos manipulados por la extrema derecha, imagino que directamente recibimos un telefonazo del mismísimo Salinas.

Llegamos a la glorieta del Ángel de la Independencia. Ahí noté que había vallas, que estábamos cercados pues del otro lado estaba la marcha que había convocado Isabel Miranda de Wallace, la que sí dijo: “El presidente sí tiene quien lo defienda”, la que le dio en la madre a todo, pues. De su lado no se veía gente y después supe que alguien trató de agredirla. Mal por ello, aunque yo esté en desacuerdo con su postura no llegaría a tanto como para agredira, pero en México hay que pedirle permiso a las buenas conciencias para saber por qué sí y por qué no se puede marchar.

Aquí no había profesionales de las marchas. Ya los organizadores estabn siendo miuy cuestionados y creo que ninguno quiso dar la cara. Tarareamos descoordinadamente el himno nacional y la gente comenzó a retirarse. Salió mal. Ni modo. hay que aceptarlo.

No fue la convocatoria prevista, si acaso se contabilizaron unos 20 mil manifestantes. El que no hubiera disturbios se volvió en un argumento de quienes no nos dejan marchar para afirmar que estaba patrocinada por el gobierno, que era complaciente. Y no, no lo fue. Los “Fuera Peña” abundaron. No estábamos ahí para defender al presidente, pero ya tapoco podíamos apoyar a México, que se divide en lo básico, que no se pone de acuerdo ni para una marcha.

Mi hijo se vio desilusionado, apagado. Curioso, tal vez, de ver a tanta gente, pero no hubo efecto en él. Habrá que volver a intentar. Tal vez tengamos que unirnos al eterno reclamo de “Ayotzinapa”, o “Tatlaya” o algo así, para que podamos ser escuchados, para que nos dejen marchar.

Porque quedó claro que no, que no todos podemos marchar. Que no todos tenemos la “calidad moral” para manifestarnos, porque o nos manifestamos por todo o lo mejor es que nos quedemos en casa. Porque no tenemos una afiliación política, porque no somos ciudadanos. Porque en México se han encargado, quienes obtienen de ello dividendos, de hacernos creer que tener dinero es malo. Que la clase media, al no estar cerca del México bueno, no tiene derecho a manifestarse por nada.

Dos días después se lee por todos lados el fracaso de la marcha. Yo digo que es el fracaso de un país.